Loazes crea
el colegio de dominicos, en 1547, con la finalidad de impartir enseñanzas
a frailes de la Orden de Predicadores. Quizá éste hubiese sido
su único destino de no haberse producido una serie de circunstancias
que ampliaron, posteriormente, la labor docente que debía desarrollar.
El prolongarse la vida del fundador -durante veinte años- y seguir ascendiendo
en las dignidades eclesiásticas, que le proporcionaban abundantes medios
económicos destinados al Colegio de Orihuela, produce el deseo de aumentar
los fines docentes diseñados en un principio. Antes de que falleciese
Loazes, en 1568, el magno edificio del Colegio estaba bastante avanzado, y ofrecía
unas condiciones espléndidas para la enseñanza; existía
también la posibilidad de que se formasen otros religiosos e incluso
los seglares. Probablemente el fundador intenta conseguir del pontífice
que se apruebe la creación de una universidad pública; quizá
tenga relación con este deseo el envío a Roma del P. Forcadell,
en 1565, concertando su viaje con el Provincial de la Orden y con Loazes. No
obstante los documentos no son explícitos sobre este asunto que, sin
duda, comenzó a gestarse en vida del fundador. La elección de
un dominico como pontífice, Pío V, satisface los deseos de Loazes
creando la Universidad o estudio general, en el Colegio de Nuestra Señora
del Socorro y San José de la ciudad de Orihuela, mediante Bula otorgada
el 4 de agosto de 1569, al tiempo que Juan de Loazes es nombrado Rector Perpetuo
del Colegio.
El privilegio de la Universidad posibilita
la enseñanza de Teología, Derecho Civil y Canónico, Filosofía,
Medicina, Matemáticas, etcétera, tanto a religiosos regulares
como a clérigos seculares y laicos. Se podrían conceder los grados
de Bachiller, Licenciado, Doctor y Maestro en las materias que se impartiesen,
teniendo igual validez que los expedidos por las universidades de Valladolid,
Sevilla, Alcalá de Henares, Salamanca, y Estudio General de Valencia,
y gozando de los mismos privilegios, inmunidades, libertades, exenciones, gracias
e indultos que les habían concedido otros papas. Al crearse la Universidad
Pontificia poco después del fallecimiento de Loazes, que no había
variado durante su vida las cláusulas fundacionales del Colegio, se produce
una dualidad muy problemática. Las órdenes de fundación
de éste sólo contemplan la existencia de un centro docente para
frailes dominicos, y las rentas de los bienes donados se tenían que aplicar
a la construcción del edificio y manutención de los religiosos
que debían habitarlo; no contempla que se realicen gastos de otro tipo,
e incluso los objetos y libros que entrega son propiedad del Colegio. Este planteamiento
provoca que durante muchos años los dominicos no aprovechen la concesión
de San Pío V, creando la Universidad, y se limiten a la actividad docente
a favor de los colegiales de su Orden. Los dominicos están dispuestos
a que en las aulas del Colegio se impartan enseñanzas universitarias,
para clérigos y seglares, pero no a pagar el profesorado necesario pues
no tenían obligación de hacerlo; de hecho la Universidad se había
creado sobre el papel, sin bienes ni rentas propios. Por esta causa se producirá
siempre la dualidad entre Colegio y Universidad; el primero gozará de
cuantiosas rentas, amplio edificio y rica biblioteca, mientras que la segunda
utilizará de prestado las aulas y los libros, y carecerá de fondos
propios para su mantenimiento.
La Universidad no funcionará hasta
principios del siglo XVII, en concreto 1610, después de que se produzcan
varios intentos de concordia entre el Colegio de Predicadores, Cabildo Catedral
y Consejo de la Ciudad sobre el pago de catedráticos y nombramiento de
cargos universitarios. A su precaria situación económica se añade
que los títulos académicos, otorgados por la Universidad, no tendrán
validez oficial hasta que se consiga la aprobación real, que fue concedida
por privilegio de Felipe IV el 30 de noviembre de 1646, a pesar de la insistente
presión que ejercía la Universidad de Valencia en contra de este
reconocimiento. El Rey encarga en 1653 al obispo de Orihuela, D. Luis Crespi
de Borja, la redacción de los estatutos de funcionamiento de la Universidad
que serían aprobados por Felipe IV en marzo de 1655.
En aquella época se leían en la Universidad diversas cátedras
de Teología, Cánones, Leyes, Medicina y Artes. No obstante, la
validez oficial de estos estudios se ponía en evidencia por algunas instituciones,
así los graduados en Medicina no se admitían en la Universidad
de Valencia donde se debían volver a graduar, y los religiosos agustinos
hacían lo mismo con los frailes de su Orden que allí estudiaban
Teología; ante la gravedad de estos hechos la Universidad y Estudio General
de Orihuela, el Obispo y los Jurados de la ciudad se dirigen al Rey que, en
septiembre de 1653, confirma los privilegios concedidos y la validez de los
estudios que en ella se realizasen.
La Universidad de Orihuela ha sido
objeto de un magnífico trabajo del Dr. Mario Martínez Gomis, profesor
de la Universidad de Alicante, donde estudia profundamente el período
de 1610-1807, publicado en 1.987. También la Dra. Lucrecia de la Viña
realizó años antes, un espléndido trabajo sobre "La
enseñanza en Orihuela en el siglo XVIII", editando en 1978 la parte
correspondiente a la docencia universitaria. A ambos estudios remito al lector
interesado en profundizar sobre este tema y me limitaré a señalar,
brevemente, la desaparición de nuestra Universidad.
A los problemas económicos que durante toda su existencia sufrió
la Universidad de Orihuela se une, durante la época de la Ilustración
la cerrazón a cualquier reforma de la enseñanza; convirtiéndose
en un centro docente más teórico que práctico, que huía
de una renovación muy necesaria para la enseñanza. La crisis económica
de la segunda mitad del XVIII también influye en la pobre dotación
del profesorado, impidiendo que hombres de prestigio impartan clases a cambio
de reducidos estipendios. Se convierte así la Universidad en un centro
deficiente que con facilidad otorga títulos a los alumnos poco preparados.
El poder de José Moñino, Conde de Floridablanca y antiguo alumno
de ella, como Ministro y Secretario de Estado de Carlos III, parece que influyó
en la continuidad de nuestra Universidad durante algunos años. Incluso
se introducen algunas reformas a fines del siglo XVIII, sin embargo era inexorable
que se acercaba el principio del fin.
El plan Caballero, de 1807, suprime
las universidades de Almagro, Avila, Baeza, Gandía, Irache, Oñate,
Orihuela, Osma, Osuna, Sigüenza y Toledo. En 1814, después de la
Guerra de Independencia, se restablecen algunas entre las que se encuentra la
de Orihuela, que funcionaría diez años más sin las facultades
de Medicina y Leyes, hasta que es suprimida definitivamente en 1824. Permanece
durante este tiempo la enseñanza del colegio de dominicos, que también
tiene sus días contados, pues la desamortización eclesiástica
de 1835 y la abolición y exclaustración de las órdenes
religiosas ocasiona la desaparición de este centro de estudios superiores
fundado por Loazes en 1547.
El edificio del Colegio pasa a propiedad
del Estado y durante algunos años el Ayuntamiento se ocupa de su conservación,
del cuidado de la espléndida biblioteca y el establecimiento de una escuela
de magisterio. No parece que pusiese mucho empeño en estos cometidos
y años después habían casi desaparecido las enseñanzas
que se impartían; el Estado se ocupará del mantenimiento de la
biblioteca y finalmente el edificio es cedido a la Diócesis de Orihuela,
a instancias del obispo D. Pedro M' Cubero y López de Padilla, a raíz
de la visita realizada a Orihuela en 1862 por la reina Isabel II.